Una fresa puede parecer un producto sencillo, pero para Alejandro Fernández Durán y Gonzalo Barreno fue el punto de partida de un proyecto que ha revolucionado el consumo de esta fruta hasta facturar 9 millones con su negocio de fresas en Europa. La clave no estaba solo en el sabor, sino en cómo convertir algo cotidiano en una experiencia memorable.
“Detectamos algo muy simple pero muy potente: la fresa gusta prácticamente a todo el mundo, es un producto universal, y además se presta a ser visual y viral”, explican los fundadores de La Fresería.
Hoy, con más de 40 locales en España y presencia internacional, La Fresería es un ejemplo de cómo un producto aparentemente simple puede convertirse en un fenómeno de consumo cuando se combina calidad y estrategia.
En este punto, su experiencia previa resultó determinante. Ambos fundadores procedían del ámbito de los proyectos digitales y la creación de contenido, lo que les dio una ventaja competitiva clara a la hora de entender el comportamiento del consumidor.
“No nos obsesionamos con la fresa en sí, sino con crear algo viralizable, replicable y emocional“, explican. La elección del producto respondía a esa lógica: la fresa combina atributos funcionales como el sabor o la percepción de producto saludable con una estética muy potente, capaz de generar atractivo visual y deseo.
Nuestros criterios son muy exigentes: sabor por encima de todo, textura, punto de maduración y consistencia
La validación del modelo llegó en 2022 con la apertura del primer local en el Mercado de Antón Martín en Madrid. Fue entonces cuando el proyecto pasó de la teoría a la realidad operativa.
Desde el inicio, Gonzalo y Alejandro apostaron por construir una identidad reconocible, trabajar con una materia prima diferencial y diseñar un sistema de expansión ágil.
La materia prima se convirtió pronto en un eje estratégico. Sin embargo, en un país como España, uno de los mayores productores de fresas del mundo, detectaron una paradoja: “la mejor calidad se iba siempre fuera”.
Frente a esta realidad, decidieron intervenir directamente en el origen, trabajando de forma estrecha con agricultores y estableciendo relaciones a largo plazo. Para ello, fijaron unos criterios de selección muy exigentes: “Sabor por encima de todo, textura, punto de maduración y consistencia”.
Asimismo, a medida que el negocio ha ido creciendo, la expansión ha supuesto un nuevo desafío: operar fuera de España. Esto implica enfrentarse a diferencias culturales, regulatorias y operativas que obligan a adaptar el modelo.
“El salto internacional es más complejo. No es replicar, es reinterpretar el modelo en cada mercado”, explican. Aun así, tal y como corroboran, la respuesta ha sido especialmente positiva.
El crecimiento geográfico ha ido acompañado de una evolución en la gestión logística. Con una red de locales en expansión, la compañía ha optado por una estructura híbrida que combina la centralización de los elementos críticos con la adaptación local.
Para ello, centralizan los elementos más críticos —como la materia prima— para garantizar calidad y consistencia, mientras ajustan otros aspectos operativos en cada mercado. En este contexto, aseguran que la planificación es clave: “esto no se puede gestionar en tiempo real”.
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En paralelo, los resultados económicos reflejan esa expansión. La compañía cerró 2025 rozando los 9 millones de euros de facturación, prácticamente triplicando los datos del año anterior.
Se trata de un crecimiento acelerado que, según reconocen, ha supuesto una elevada exigencia a nivel operativo. De hecho, el siguiente paso pasa por consolidar lo construido y avanzar hacia una estructura más sólida. “El objetivo no es únicamente crecer, sino hacerlo con mayor control, rentabilidad y eficiencia”, apuntan.
En este contexto, la integración vertical del negocio adquiere un papel central. Con cultivos propios en Huelva y Segovia, La Fresería ha dado un paso decisivo hacia el control de su cadena de suministro.
Actualmente, cuentan con capacidad para producir hasta 20.000 kilos de fresas al día destinados a sus tiendas. “Esto no solo nos permite garantizar calidad y consistencia, sino también asegurar suministro en momentos de alta demanda y mejorar nuestros márgenes”, añaden.
Este mayor control sobre la materia prima no es solo una cuestión operativa, sino que condiciona directamente la evolución del proyecto. De hecho, es esa base la que permite a La Fresería desarrollar nuevas líneas de producto sin perder coherencia.
Un ejemplo es el desarrollo de nuevas propuestas como el Fresalado, un helado de yogur griego natural con fresas orientado al consumo estacional.
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Así, lo que comenzó como la idea de un producto sencillo se ha convertido en una marca que va más allá de la fresa: es una experiencia de consumo reconocible, que conecta con quienes buscan sabor, calidad y estética en cada detalle.
Y es que La Fresería no solo vende fresas; propone una manera de disfrutar un producto cotidiano llevándolo al nivel de experiencia premium que hoy la convierte en un referente en España y Europa.
Fuente: El Español
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